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EL JUEGO LIBRE ES ESENCIAL PARA EL DESARROLLO EMOCIONAL

En el juego, los niños practican muchas habilidades que son cruciales para un desarrollo saludable. Ellos practican habilidades físicas y manuales, habilidades intelectuales y destrezas sociales. Durante el juego, los niños aprenden a regular su miedo y la ira y por lo tanto la forma de mantener el control emocional en situaciones que amenazan la vida real.

A los niños les encanta jugar a juegos emocionantes. A los más pequeños les encanta ser lanzados al aire o “en volandas”  alrededor de los adultos. También les gusta ser perseguidos, disfrutan de saltos mortales, piruetas, volteretas, y otras formas de dar vueltas, subir y bajar, trepar a los árboles o saltar desde lo alto sobre el agua o la nieve, etc.

Los niños de todas las edades parecen tener un sentido de sus límites en este tipo de juego. Por lo general comienzan en alturas bajas o bajas velocidades y se mueven poco a poco. Toman riesgos moderados. La alegría del juego combinado con un poco de miedo es la exquisita sensación que todos identificamos como emoción. Si el juego es excesivo, tendrán temor, debe ser moderado.

La madre naturaleza ha diseñado a nuestros niños a jugar en todas estas maneras “peligrosas” porque sabe que este tipo de juego les enseña no sólo las habilidades físicas que necesitan para hacer frente a situaciones de emergencia, sino también las habilidades emocionales que necesitan. Los niños se dosifican la dosis de juego sólo el nivel de miedo que pueden tolerar, un nivel justo por debajo del umbral de lo que podría hacer que tuviera miedo. Aprenden que el miedo es normal y saludable, algo que pueden controlar y superar a través de sus propios esfuerzos. Es una práctica como esta que les permite crecer con la capacidad de manejar el miedo en lugar de sucumbir a él.

Los niños también, cuando es libre juegan a luchar, y jugando se burlan unos de otros. Esto no es intimidación, nada más lejos de esto, les da más cercanía a sus amigos. Sin embargo, la lucha juguetona hace inducir cierto grado de temor, y puede inducir a momentos de ira. Experimentan ira dentro de los límites de lo que pueden manejar. Dicha “agresividad” sólo les puede ocurrir entre amigos cercanos, que confían entre sí y saben, en última instancia, que la lucha y la burla es todo en la diversión y no están destinadas a daño real.

 Los niños jugando también a veces se meten en riñas reales, junto con la ira, que detiene el juego y debe ser tratado antes que el juego pueda continuar. Aprenden a controlar tanto la ira en el juego y la ira porque quieren seguir jugando, y ellos saben que se pasan del límite al tener una rabieta o arremeter en una pelea real, el juego llega a su fin. En la vida real, a menudo experimentamos situaciones de ira inductores, y una habilidad fundamental es la regulación de nuestra ira de manera que ello responda a objetivos útiles y no nos llevan a perder el control y comportarse de maneras que dañan a otros y a nosotros mismos.

En su juego “agresivo”, los niños practican y aprenden esa habilidad. Todo este aprendizaje sólo puede ocurrir en el juego libre, sin directores adultos o cerca supervisores. Cuando los adultos están alrededor para “proteger” a los niños de los peligros y resolver sus disputas, privan a los niños de la oportunidad de aprender a protegerse a sí mismos, resolver sus propios conflictos, y regular sus propias emociones.

En el último medio siglo hemos privado cada vez más hijos de oportunidades para el juego libre, y en el mismo período hemos visto aumentos dramáticos y continuos en todo tipo de trastornos emocionales en los niños.

Fuente: Peter Gray, profesor de investigación en la universidad de Boston, es autor Free to Learn  y Psychology . Ha realizado y publicado la investigación en psicología comparada, evolutiva, de desarrollo y de educación.

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